Recordé cómo me gustaba, en mis primeros meses, caminar por las calles cercanas a mi oficina y detenerme a mirar los portones de las casas, los jardines exteriores, la composición en general de las fachadas. Le tomé particular cariño a una puerta roja, pequeñita, que se escondía tras una reja, también roja, y unas cuantas enredaderas. Pero mi favorita siempre será la fachada de la casa 93, en la calle Camelia. Hoy me detuve de nuevo a admirarla.